El Black Friday, o cómo inventarse una celebración que nadie necesitaba

Aunque parezca mentira, estamos otra vez en esa época del año en la que vemos lejos la Navidad, pero los comercios se empeñan en que sintamos que ya no queda nada para «recibir a Papá Noel».

Si viviéramos en Estados Unidos realmente sí que estaríamos oficialmente dentro de las celebraciones navideñas, ya que allí el Día de Acción de Gracias es su pistoletazo de salida. Y con él, llega el Black Friday, día que en el que se supone que se compran los regalos de Santa Claus porque las tiendas cuentan con grandes descuentos.

Esta costumbre de dirigirse a los centros comerciales el último viernes de noviembre es propia de los estadounidenses, pero ahora se ha trasladado a todos los países «occidentales» con todas sus consecuencias.

El Black Friday se vive con mucha intensidad

Aunque lejos de durar solo 24 intensas horas, dura por lo menos 2 semanas (es una campaña que convence a la gente de que necesita comprarse más cosas de las que tiene), algo que de por sí es bastante tóxico porque a lo largo del año ya existen muchas citas similares.

Pero el Black Friday se vive con mucha intensidad (nadie sabe por qué). En el caso de que alguien de verdad necesitara adquirir algún producto y quisiera beneficiarse de los descuentos, tendría que consultar un montón de tiendas para comparar precios, tener el artículo más que fichado para estar preparado el día en cuestión (o sea, hoy) y ser el más rápido para que nadie se lo llevara antes que él.

Solo de escribirlo ya nos estamos agobiando. Por no hablar de las colas en las tiendas físicas, las caídas de las páginas web de compras y el estrés que pasas si eres depentiente/a de una tienda en una fecha tan negra como el Black Friday.

En España todavía falta un mes para que comience la Navidad, por lo que no tiene mucho sentido justificar estas rebajas con ese fin. Aún así todo el mundo parece muy contento con ellas, a pesar de que harán que sus armarios y casas rebosen con miles de trastos.

Realmente, cada uno puede y debe hacer lo que quiera, pero eso del «comprar por comprar» y de caer en absurdos solo porque te meten los descuentos hasta en la sopa, es algo que nos molesta cada vez más. No solo porque crea necesidades ficticias, sino porque altera a todo el mundo.

Así que este año, aunque no prometemos nada, vamos a intentar no caer en la tentación del Black Friday (a todos nos gustan los caprichos) y vivir con tranquilidad y normalidad este último viernes de noviembre solo por no acabar agotados.


En otro orden de cosas, French Montana ya está en su casa y fuera de peligro.

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