Muerte y éxito: ¿se beneficia la industria del fallecimiento de los artistas?

La juventud es el paraíso artificial de la memoria. Cuanto más lejano es el pasado que rememoramos, más brillante parece, pero también más doloroso, más ajeno a la inmortalidad: porque la juventud es la única etapa de la vida humana donde rozamos, apenas con los dedos, la inmortalidad, por un segundo, por un jodido y eterno segundo. Después, poco a poco, silenciosa, se aleja esa sensación, y la muerte se va volviendo corpórea, más tangible cada vez.

Nacimiento y muerte, las dos fascinaciones más profundamente humanas. ¿Por qué? Porque las dos mantienen una estrecha cercanía con el tiempo. Son, en cierta forma, el tiempo mismo. Al menos el tiempo, tal y como nuestras limitaciones biológicas nos permiten contabilizarlo. De ahí, quizá, nuestra obsesión con ambos temas, especialmente con la muerte, y todos lo sabemos.

Por eso mismo, la muerte es un negocio que siempre sale rentable.

La muerte como estrategia empresarial

El público, desde siempre, ha tenido una fijación especial por los enfants terribles. Es en ellos donde confluyen la juventud, pletórica y aplastante, y la muerte, continuamente asomándose tras el filo de la navaja, asestando un corte último en muchos casos a una edad temprana. Las personas que viven rápido, mueren jóvenes y dejan un bonito cadáver nos fascinan, nos resultan irresistibles, magnéticas. A lo largo de la historia hay ejemplos a patadas en cualquier disciplina artística existente.

Pero quizá este fenómeno, esta atracción hacia la muerte prematura, llegó a su culmen de la mano de las estrellas de rock. La lista de nombres es por todos conocida: Brian Jones, Hendrix, Jim Morrison, Jason Bonham, Sid Vicious, Keith Moon, y un larguísimo etcétera.

Ahora que las últimas estrellas del rock se están desvaneciendo, el testigo de los ídolos de masas está en manos de los raperos. Sus figuras llenan estadios, revientan las listas de éxitos. Ya no hay pósters de Kurt Cobain en las habitaciones de los adolescentes. En su lugar se encuentran Lil Peep o XXXTentacion. Y a este punto quería ir a parar.

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Esta semana nos topamos con la noticia de que un nuevo disco póstumo (el segundo) de Lil Peep verá la luz en un espacio no muy distante de tiempo. Esto mismo ya pasó con XXXTentacion y ‘Skin’. Es evidente que el esquema se repite y lo seguirá haciendo mientras el chicle se pueda seguir estirando. Mientras la industria continúe sacando rentabilidad a los cadáveres. La muerte es morbo, y el morbo siempre se traduce en dinero.

Elvis o Hendrix, por acotar el ejemplo, cuentan con más discos póstumos que discos grabados en vida. Hay horas y horas de cintas que nunca llegaron a ver la luz. Estas grabaciones nos han ido llegando a cuentagotas desde el momento de su muerte. En el rap también tenemos ejemplos muy notorios como puede ser el de 2Pac (recordemos, por ejemplo, su actuación en Coachella en forma de holograma). Todos estos músicos siguen generando millones y millones de dólares anuales. Por supuesto, como estamos viendo, esto ya ha empezado a ocurrir en las generaciones actuales de músicos.

Y aquí está el debate: ¿esto es por billetes o por el simple hecho de dejar que el mundo pueda seguir consumiendo el legado de tales artistas? En casos como el anteriormente citado Jimi Hendrix, podemos encontrar verdaderas joyas dentro de su discografía póstuma. Pero, no os voy a mentir, también escuchamos cosas que, si el artista siguiera con vida, seguramente hubiera tirado a la basura sin haberlo dudado dos veces.

Quién sabe, quizá el futuro disco de Peep me sorprenda y me deje con la boca abierta de par en par. Al menos, conservo esa esperanza y espero de corazón que así sea. Pero el material de calidad no será infinito. Cuando la gallina de los huevos de oro deje de brillar, ¿qué va a suceder? ¿Qué pesará más, las ganancias o el legado y la reputación de los artistas?


Toda la info sobre el nuevo disco de Lil Peep la podéis encontrar aquí.

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