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Fuck The Police

Por Padrino / 20/10/2014
Fuck The Police

Me acabo de enterar, gracias a Twitter, de que han detenido a seis policías por matar a una persona en Cartagena y arrojarla al mar. Es curioso que la noticia no haya sido publicada por ningún periódico a nivel nacional en sus ediciones impresas. El tratamiento que ha hecho, o ha dejado de hacer la prensa de este hecho me recuerda vagamente al caso de Íñigo Cabacas, el joven aficionado del Athletic asesinado por la Ertzaintza de un pelotazo de goma. Recuerdo cómo me indignó en su momento la escasísima cobertura que se le dio a la muerte de un inocente. Parece que las víctimas de la policía cuentan menos que las de los terroristas. Por cierto, han pasado dos años y aún no hay culpables.

Podría seguir repasando casos, como el del hombre que murió tras ser reducido por los mossos, o la mujer que se quedó tuerta al ser alcanzada por un proyectil de caucho en una manifestación. Podría recordar las desmesuradas cargas policiales que se produjeron en la época del 15-M o en protestas similares. También podría mencionar los incontables casos de brutalidad policial que se suceden, día tras día, en Estados Unidos y demás lugares del mundo. ¿Pero es realmente necesario? Creo que a estas alturas todos sabemos que los cuerpos policiales son aparatos represivos cuya finalidad es mantener el ‘orden’, para lo cual cuentan con el monopolio de la violencia. ¿Pero qué orden es el que mantienen? Obviamente, y no creo que nadie sea tan ingenuo como para pensar otra cosa,  el orden que dictan los de arriba. La policía, en cualquier país y bajo cualquier régimen, es la voz de su amo, y realmente, su fin último es el de salvaguardar el ‘statu quo’ imperante. Son una excelente e importantísima herramienta del poder para mantener sus privilegios y tener controlado al rebaño que formamos el resto de la sociedad. Estoy convencido de que hay agentes que son buenas personas, pero eso no cambia la idiosincrasia de la policía ni el fin para el que fue creada.

Mi camino, como el de todos, se ha cruzado en varias ocasiones con el de estos agentes de la ley. Puedo decir con el corazón en la mano que jamás me han ayudado en nada importante y, sin embargo, me han perjudicado en varias ocasiones. Y yo no soy ningún delincuente. Recuerdo cuando un policía de paisano me denunció por conducción temeraria sólo porque un amigo mío miró a su novia. O cuando un grupo de maderos ocultó información que podría haberme absuelto en un juicio. Malos tratos, abuso de poder, denuncias falsas, corrupción… No son casos aislados, es el modus operandi de muchísimos policías en el día a día. Y la mayoría de la gente de los barrios lo sabe muy bien.

Recuerdo cuando un policía de paisano me denunció por conducción temeraria sólo porque un amigo mío miró a su novia. O cuando un grupo de maderos ocultó información que podría haberme absuelto en un juicio.

Conozco a algunos de estos individuos con placa y, casualmente o no, son todos personas de pocas luces y con una trayectoria vital bastante turbia. Los policías que yo conozco, aparte de su escasa capacidad intelectual y cultural, han trapicheado, han consumido y la han liado como el que más; digamos que no son un modelo de conducta. Sin embargo, ahí los tienes, pasan unas pruebas físicas, teóricas y psicotécnicas ridículas y ya les dan una pistola para que se paseen por la ciudad. Por la importancia de su cargo y las fatales repercusiones que pueden derivarse de su mal desempeño, estas personas deberían ser las más aptas y las mejor preparadas de la sociedad. Pero todos sabemos que no es así, y que muchos de ellos son ineptos que no saben hacer la «O con un canuto». Inútiles con armas de fuego. Es por esa razón por la cual mucha gente respetable, un ama de casa cincuentona por ejemplo, siente un extraño temor hacia los representantes de la ley, aunque no haya hecho nada. Eso es porque no somos tontos, y percibimos el peligro que acompaña a muchos de ellos. Al fin y al cabo somos animales, tenemos instinto.

La raíz del problema es que nos han educado para necesitar policía. Desde pequeños se nos ha dicho que nos sirven y protegen. El poli siempre es el bueno. Una sociedad sin cuerpos de seguridad es una utopía. Necesitamos que alguien vele por nosotros y atrape a los malos. Etcétera. Llamadme ‘naïf’ pero me niego a creer que, a estas alturas, la humanidad no se haya planteado otras formas de organización que no incluyan fuerzas represoras que perpetúen los privilegios de unos pocos. Si aún no se ha avanzado en ese ámbito es porque a los poderosos no les interesa. Una muestra más de a quién sirven esos vasallos.

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