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¿Recuerdas «Ghost Dog»? Forest Whitaker y RZA contra la mafia

Por JD Romero / 02/02/2020
¿Recuerdas «Ghost Dog»? Forest Whitaker y RZA contra la mafia

Cuando uno piensa en alguien entrenado como un experto en artes marciales, normalmente se le viene a la cabeza todo lo contrario a Forest Whitaker (Texas, 1961).

Y es que, seamos honestos, el actor siempre ha tenido unos kilitos de más, tiene cara de buena persona y encima tuerce levemente un ojo. No es justo lo que tenemos en mente cuando imaginamos a un silencioso y fibrado asesino samurai. Pero aquí acaba funcionando.

Pero el tipo es tan buen actor que pudo echarse a las espaldas otro de las arriesgados proyectos de Jim Jarmusch (Ohio, 1953), un director tan personal que o lo amas o lo odias.

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Y no es que «Ghost Dog: El camino del samurái» (la película que recomendamos hoy) sea su cinta más arriesgada ni de lejos, pero ahí están sus tics, sus dobles sentidos y sus mensajes abstractos. Eso sí, no llega al nivel de otras que solo son disfrutadas por sus fans más fieles, como «Los límites del control» (2012).

A Jarmusch lo amas o lo odias

Pero vayamos al grano: «Ghost Dog» es una cinta escrita y dirigida por Jarmusch que narra el día a día de un asesino en serie de la ciudad de Nueva York. Un tipo afable, amistoso y tranquilo que sin embargo se mueve laboralmente bajo el código de los antiguos samuráis.

Pero sin embargo, el film no funciona solo por este contraste en esas dos personalidades de la misma persona, sino por absolutamente todo lo demás.

La dirección, la historia, las localizaciones, la música de RZA (sí, el de Wu-Tang Clan), los mensajes ocultos (esos dibujos animados), la amistad entre dos personas que no hablan el mismo idioma y una trama con vendetta hacen que toda la película encaje como un extraño, maravilloso e hipnótico puzzle al que volver de vez en cuando.

Una extraña historia en la que entramos con facilidad

No sabemos como Jarmusch logró convencer a los productores para financiar un largometraje sobre un samurái negro y obeso que hace justicia a ritmo de rap, pero lo consiguió y el resultado es interesantísimo, mucho más allá de su premisa. Son los detalles que incluye el director (algunos incluso oníricos) los que enriquecen una historia que en manos de otros sería vacía, simple y para un solo revisionado.

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A pesar de su envoltorio, es una especie de western espiritual (y el realizador ya había jugado con eso varias veces antes) que te envuelve y te ofrece mucho más que entretenimiento, que también lo tiene.

Si conoces algo el cine de Jarmusch y aceptas lo que suele ofrecer, puede ser una grandísima opción para (re)visionar.

¿Quién dijo que los samuráis no podían estar gordos?


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