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Hablemos de J Dilla: alquimia, beats, samples y donuts

Por Juan Villain / 07/01/2021
Hablemos de J Dilla: alquimia, beats, samples y donuts

Siempre es difícil definir a un artista, pero aún más difícil es responder a la pregunta de quién es J Dilla, si tenemos en cuenta las múltiples caras del prisma que componen su figura.

La mística en torno a la figura del creador artístico ha muerto. O, mejor dicho, la hemos matado. Hoy en día es muy sencillo, si te interesa cualquier artista, entrar a sus redes sociales, escuchar sus decenas de entrevistas, ver los documentales que protagoniza. En definitiva, es realmente fácil adentrarte en su vida, conocer cada una de sus facetas, tanto artísticas como personales.

Sin embargo, antes de que la realidad se digitalizara, la cosa era muy distinta. Lo único que conocías de un músico era su música y, como mucho, sus videoclips y sus escasas apariciones en programas de televisión. Si uno dejaba volar su imaginación, podía imaginarse al músico en su estudio, como si este fuera una especie de cueva milagrosa, devanándose los sesos parar engendrar la quintaesencia de la música. Así, de esta forma, me imagino a J Dilla: un alquimista cuyos matraces fueron los samples y las sampleras (un tema que nos daría para escribir un libro).

Sí: J Dilla fue y es un artista místico, a la manera de San Juan de la Cruz, William Blake o John Coltrane. Un artista cuyo canal —la música— sirvió como una autopista reluciente que le permitió llegar a unas alturas vetadas para el resto.

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Detroit: Motown, techno y J Dilla

A finales de la década de los cincuenta Berry Gordy fundó la legendaria discográfica Motown Records. El parto tuvo lugar en Detroit, también conocida como Motor City debido a su gigantesca industria automovilística, apodo en el que Gordy se inspiró para el nombre de su compañía.

Durante los sesenta, Motown se convirtió en el epicentro de la música afroamericana. De sus entrañas nacieron músicos y grupos como Marvin Gaye, The Temptations, Stevie Wonder, The Isley Brothers o The Jackson 5 entre muchísimos otros. Aquel sonido tan característico reinaría en la ciudad hasta los años ochenta.

Sería en esa década, la de los 80, cuando Detroit vería el nacimiento de una nueva corriente musical que haría temblar al planeta entero. Estamos hablando del techno, un nuevo género que, sin que nadie se diese cuenta, casi de forma sumergida, trazó unas profundas relaciones con el hip hop en la ciudad del motor.

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Todo ese batiburrillo de ideas y sonidos propios terminaría solidificándose, de cierta forma y con matices, en la figura de James Dewitt Yancey, más conocido como J Dilla.

Nacido en una familia de músicos, Dilla pronto comenzaría a estudiar armonía, así como varios instrumentos, algo que sería de vital importancia para su posterior desarrollo artístico. También desde una edad temprana se gesta su profunda relación con el mundo del vinilo, acumulando en la memoria melodías que más tarde acabarían por convertirse en samples imprescindibles en la historia del hip hop.

Pero, sin duda, el momento que cambiaría todo llegaría pocos años después, concretamente durante su época estudiantil en el Detroit Pershing High School. Allí, un jovencísimo Dilla conocería a T3 y Baatin: la semilla de Slum Village había sido plantada.

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El hombre que revolucionó el hip hop (dos veces)

Cuando en 1997 Slum Village lanzó ‘Fantastic, Vol. 1’, su cassette recorrió como la pólvora todo el ambiente underground de Detroit, convirtiéndose en un clásico instantáneo, si bien el álbum no se llegó a publicar de forma oficial hasta ocho años después.

Aquel lanzamiento supuso un antes y un después en la historia del beatmaking. Dilla había retorcido todas sus influencias y conocimientos musicales hasta convertirlas en brillantes gemas de influencia jazzística en forma de beats. En ‘Fantastic, Vol. 1’, el hasta entonces omnipresente cuatro por cuatro dejaba paso a patrones polirítmicos, a nuevas formas de concebir y ejecutar el sampleo, a sonidos que descubrían horizontes novísimos.

J Dilla ya había cambiado, a su forma, la historia del hip hop por primera vez. Después llegarían el resto de sus trabajos junto a Slum Village, The Ummah o The Soulquarians, por citar solo algunos de sus múltiples proyectos. Pero también sus trabajos en solitario, como ese póstumo y maravilloso ‘Dillatronic’, publicado en 2015, el cual contiene 40 instrumentales inéditas hasta entonces, tesoros ocultos que no haría si no engrandecer su ya alargada sombra.

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Pero no podemos hablar de J Dilla y no hablar de lo que para muchos —y me incluyo— es su obra maestra, una pieza que le coloca como uno de los músicos más influyentes de los últimos cincuenta años y con la que volvió a revolucionar el hip hop por segunda vez. Por supuesto estamos hablando de ‘Donuts’.

‘Donuts’ y el trágico final

Las condiciones de la creación y la grabación de ‘Donuts’ son conocidas por todos: J Dilla se enfrentaba a un lupus que, finalmente, le conduciría a su inevitable y triste final. El álbum, gestado entre eternos periodos en el hospital e interminables sesiones de diálisis, vería la luz el 7 de febrero de 2006, el día del 32 cumpleaños de Dilla y tres días antes de su muerte.

No me gustaría que este artículo se convirtiera en una sucesión de datos cronológicos. Más bien creo que hay que hablar de este álbum de una manera visceral. Porque así es como es ‘Donuts’: visceral, auténtico, un poema sonoro lleno de emociones a flor de piel, el legado de alguien que sabía que estaba firmando su propio testamento en cada pitch, en cada sample, en cada bombo y en cada caja.

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La primera vez que uno escucha ‘Donuts’ se siente ante un collage infinito. Canción a canción, las imágenes que dan sentido al producto total van asentándose, tomando su lugar con una coherencia y una emoción únicas. Cada sonido, cada nota sampleada parece haberse creado para estar allí y solo allí, como si, de alguna forma, aquella fuera su posición natural.

En ‘Donuts’ nos encontramos ante Dilla totalmente desnudo e indefenso, dejándonos pequeñas pistas de cómo era, realmente, su alma, de cómo había transcurrido su vida desde el momento exacto del nacimiento hasta su inminente muerte. Todo su universo se encuentra condensado es este disco y, cuando uno se acostumbra a la ingravidez de sus beats, descubre que todo está plagado de constelaciones sobrecogedoras y brillantes.

No hay letras, pero ya quisieran muchos grandes liricistas escribir como J Dilla lo hizo en ‘Donuts’. No hacen falta palabras para decir la verdad, ni tampoco para describir al mundo. Y esas palabras que Dilla dijo sin decir seguirán sonando después de los años, las décadas y los siglos.