«Stranger Things»: o sobre la nostalgia y lo rudimentario

Cuando se estrenó la primera temporada de «Stranger Things» en Netflix supuso un tremendo éxito de audiencia y también de impacto en la sociedad. Y en realidad no descubría nada nuevo: jugaba con la nostalgia y con la idealización de un tiempo pasado y mezclaba todo lo que en nuestra infancia fue mejor con todo lo que nos gusta de ahora.

Las máquinas arcade, el rol de «Dungeons and dragons», «Los Cazafantasmas», el ‘Thriller’ de Michael Jackson, «Los Goonies», «Encuentros en la tercera fase», «Pesadilla en Elm Street», «Alien», o «Cristal Oscuro», sólo por citar algunas de las obras en que se basa en mayor o menor medida y referencias que toma en casi cada escena.

La magia que esconde «Stranger Things»

Y es que, al fin y al cabo, el éxito de «Stranger Things» se debe a la mezcla exacta de ingredientes en el momento correcto más que a la calidad objetiva (¿existe tal cosa?) del producto cinematográfico, aunque aquí sea en formato serie, que es casi el nuevo cine.

Los adultos buscan vinilos intentando redescubrir esas sensaciones del recuerdo, agotan la Nintendo mini teniendo una PlayStation 4 e incluso me dicen que los juegos de mesa («Descent» o «Zombicide») vuelven con más fuerza que nunca.

En una sociedad demasiado veloz -y a menudo vacía-, uno se agarra a esos momentos en que no había facturas que pagar, y lo hace mediante objetos y recuerdos. Y eso es justamente lo que trae «Stranger Things» en una cocktelera y a un botón de distancia.

Y es que, aunque la dirección sea más que aceptable, tenga un buen casting y esté bastante lograda, esa sensación de qué eran los ochenta (vestuario, localizaciones, tecnología, aficiones, hábitos…), la historia, los diálogos, las situaciones y sus resoluciones son bastante rutinarias. A excepción, claro, de algunas ideas brillantes (no he usado ese adjetivo por casualidad) como la de Winona Ryder y las bombillas en el salón. Supongo que a estas alturas ya no se considera spoiler.

Es por ello que -a diferencia de muchas de las cintas con las que comparte parecido-, «Stranger Things» entretiene pero no inspira, es disfrutable pero no deja poso, entra bien por los ojos pero no por el alma.

De ahí que en esta nueva temporada muchos hayan vuelto a ella, porque se echan de menos «Masters del universo», las BMX (aquellos que pudieran tenerla) y la maravillosa e inolvidable sensación de ver «Dentro del laberinto» o «Gremlins» en el cine, pero no porque haya mucho más en la producción de Netflix.

«Stranger Things» funciona como metadona de los zombies de la oficina, de las Nike AirMax y del gin-tonic, y en el fondo crea un poquito de necesidad de volver a jugar con los Gi Joes y con aquellos muñecos de la WWF de Hasbro. Es lo mismo pero menos y en diferente formato. Al final volverá el VHS y haremos cola para comprarlo, y después otro placebo.


Otra serie que seguro da mucho de qué hablar es la que narrará la historia de los Wu-Tang. Sabes de qué hablamos, ¿no?

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