«The Irishman»: el regalo en forma de joya de Scorsese

Artículo de Miguel M. Benito // Introducción de JD Romero


En las últimas semanas hemos asistido a un debate (aunque sacado de contexto y amplificado) sobre la opinión de Martin Scorsese y las películas de Marvel. Si bien, como suele suceder en Internet, la cosa se fue de madre, no le faltaba cierta razón al italoamericano sobre una manera extinta de hacer cine. De hacer cine maravilloso, donde la autoría prima sobre el resto de cuestiones.

Con esos mega planes y macro reuniones de ejecutivos dando ideas y señalando el rumbo al director y guionistas para tener segura una buena porción de taquilla y una buena tajada por las ventas de licencias por merchandising, también muere en parte el autor. Y, creemos, que básicamente lo que Scorsese quería decir era eso, y para muestra un botón: «The Irishman».

«The Irishman»: Scorsese sigue demostrando su valía

El genio de Nueva York vuelve con una película que es casi un puñetazo en la mesa, una declaración de intenciones sobre el talento, la profundidad, la rotundidad, el uso de recursos estilísticos, la importancia de los actores, la música y básicamente lo que viene a ser el cine en mayúsculas.

El día 17 de noviembre de 2019, Martin Scorsese cumplió 77 años. El día 17 de noviembre de 2019 vi «The Irishman» («El irlandés», Martin Scorsese, 2019, 209 minutos) en una sala de cine. El día 17 de noviembre de 2019, contra lo que se suele acostumbrar en los cumpleaños, fue Martin Scorsese el que me hizo un regalo a mí, porque, a falta de la perspectiva que solo el tiempo puede dar, creo que su más reciente película es una obra maestra.

Eso sí, una obra maestra a la que sus críticos, que los tiene y tendrá, le achacan y achacarán tres cosas que, aunque a mi me parezcan irrelevantes tras haber visto la película, pueden servir de advertencia a aquellos que aún dudan sobre si ver «The Irishman», y para aquellos que quieran rebajar sus propias expectativas antes de ver la película.

El primer reparo para enfrentarse a «El Irlandés» es la duración. Doscientos nueve -sí, 209minutos son muchos, y la experiencia puede resultar dura para aquel que no logre permanecer enganchado a lo que pasa en pantalla.

El segundo pero puede golpear a aquellos que quieran ver en esta otra película de Scorsese, De Niro y Pesci sobre la mafia, un nuevo regreso al territorio caminado en «Casino» (1995) y de «Uno de los Nuestros» (1990). Y «The Irishman» solo es como aquellas en su primera parte, o sea en aproximadamente un tercio de su metraje.

Hay otras dos partes en las que el ritmo y estilo de la película tienen mucho más que ver con «Silencio» (2016) que con cualquier otra en la obra del director. Y ya se sabe que «Silencio» es una película que no goza de un apoyo unánime entre los espectadores ni, incluso, entre los propios fans de Scorsese.

Qué esperar y qué no de «The Irishman» de Scorsese

Se podría decir que la primera parte de «El irlandés» empieza a ritmo de «Uno de los Nuestros», pero termina al paso de «Silencio». La tercera crítica posible es, creo, muy menor y accesoria, aunque tal vez puede impedir concentrarse en lo central.

Ese tercer pero es el rejuvenecimiento digital de algunos actores, especialmente de los dos que pasan más tiempo en pantalla, De Niro y Pesci. Es cierto que se nota y en un primer momento se siente raro, pero tras dos minutos cualquier espectador debería poder procesar la extrañeza del efecto digital, asumirla y superarla.

Dicho eso, a mí «El Irlandés» me parece un monumento y una muestra de vitalidad y vigencia de todos los que han hecho la película. Tanto, que uno piensa cómo es posible que Joe Pesci lleve años retirado de la actuación.

En el caso de Scorsese, es una película que demuestra que sigue cambiando, aprendiendo y siendo siempre él. En esta ocasión, afronta una película que es un diálogo constante con toda su filmografía.

Un prodigio de estructura que aprovecha todas las posibilidades que el guionista Steve Zaillian ofrece a Scorsese y su equipo, y que combina tiempos y ritmos a lo largo de una historia contada en tres momentos distintos (los comienzos del irlandés del titulo, Frank Sheeran -Robert De Niro- en la mafia, trabajando paraRuss Bufalino -JoePesci-, su posterior relación con Jimmy Hoffa, interpretado por Al Pacino, y, por último, su vejez).

Y en cada momento el drama cambia, evoluciona y con la historia cambia el estilo de Scorsese. Tres películas en una.

Entrando en la película, la primera parte es la que conecta directamente con las ya mencionadas «Uno de los Nuestros» y «Casino».  Scorsese da lo que la mayoría del público espera y abre su obra de un modo reconocible. Aunque con algunas diferencias, como el tratamiento de la violencia en «El Irlandés» es más seco y conciso que en sus predecesoras, con un contención especial que irá apoderándose poco a poco de la película.

En todo caso, la ambientación, la música, la cámara y el montaje se sienten como parte de un mismo continuum cinematográfico o, como se dice hoy, del universo compartido de la mafia de Scorsese. Eso sí, todo es nuevo con Scorsese, incluso cuando hace algo que parece que ya ha hecho y, para esta ocasión expande su fondo histórico al nivel nacional, de un modo que conecta con otras películas como «JFK» (Oliver Stone, 1991) y, sobre todo, con las dos primeras partes de «El Padrino» (Francis Ford Coppola, 1972 y 1974).

La revolución de «The Irishman»

Con el espectador confiado en que sabe cómo evolucionará todo, anticipando en conflicto inevitable entre los protagonistas, Scorsese cambia el paso y, en lugar de acelerar, frena.

El montaje y la cámara se ralentizan para concentrare en diálogos, caras y miradas (entre los miembros del trío protagonista y que les dirige una de las hijas de Frank Sheeran, la interpretada en su infancia por Lucia Gallina y por Anna Paquin como adulta).

Las conversaciones son el centro y esta parte es una sucesión de charlas, cada vez más tensas e intensas, salpicadas de toques de humor. Y los actores, todos, logran transmitir que el conflicto externo tiene un precio interno en cada uno de los personajes. La violencia, aún presente, va perdiendo peso.

Y las canciones casi se evaporan. La película se muestra en su forma más clásica, entroncando con las tradiciones de Raoul Walsh, Anthonny Mann, Howard Hawks y John Ford.

Y el conflicto se resuelve, pero la película no acaba. Sigue. Un último giro. Aquí la película es algo más que un epílogo, es la representación del tránsito hacia el horizonte y al crepúsculo (una imagen tan de western).

La película se tiñe de un tono elegíaco conmovedor, porque esos tipos duros y temibles se van quedando solos ante sus actos y ante las consecuencias de sus vidas. La cámara da un paso atrás y, así, se hace patente una soledad devastadora que rodea a Robert De Niro, equiparable a la de Michael Corleone en el final de «El Padrino – Parte 2», mientras recordaba a los fantasmas de su pasado y todo lo que se había dejado en su camino perdido.

Y entonces sí: la película se cierra. Y lo hace señalando que De Niro, Scorsese, Pesci y Pacino seguirán cabalgando siempre que quieran hacerlo. Y yo me quedo con la sensación de haber asistido a algo inmenso. Muchas gracias por su regalo, señor Scorsese. Y feliz cumpleaños. Siempre.


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